Hubo un tiempo en el que las canciones de la colombiana -como gustan decir los periodistas del ramo- tenían un algo. Ahora, poco importa si dice “estoy loca con el tigre”, “con el pibe” o con fray perico, que nos harán tararearla, bailarla y escucharla en las radio-fórmulas hasta la saciedad.
Siempre supe que es mejor
cuando hay que hablar de dos
empezar por uno mismo.
Cierto que esta crisis tiene poco de amor, pero sí de ruptura, de cambio y de llamamiento implícito al análisis. Y son por ello estos versos, apropiados para presentar la reacción que cada uno de nosotros, de los ciudadanos, quienes en primera instancia conformamos esta España en la que nos toca vivir, y que dejaremos en herencia a quienes nos sucedan, habríamos debido tener ante el mal de males que viene perturbando el sueño de familias enteras, desde más tiempo que el que desearíamos.
Sin embargo, sucede que el ser humano tiene una tendencia innata -no sé si atávica- a lanzar balones fuera, cual portero de la selección. ¡Claro que es mucho más sugerente creer que la culpa la tienen otros! Pero lo cierto es que si la estamos padeciendo, algo de la concepción de todo este desbarajuste económico nos corresponderá…
Permitidme este inciso sobre redes neuronales artificiales: a alto nivel de abstracción, el mecanismo de aprendizaje de un perceptrón multicapa, por ejemplo, está basado en determinar qué neuronas no contribuyen a la precisión del modelo de regresión subyacente, para penalizarlas.
Y esto es precisamente lo que yo he echado de menos desde un primer momento. Por supuesto que, llegar a una depuración ciudadana de responsabilidades (algo tan sencillo/complicado como discernir ¿qué trozo del pastel de la crisis se debe a mí?), requiere de dos elementos clave: madurez-compromiso ciudadano, y sentido de la responsabilidad por parte del gobierno de la nación. Poca gente pudo tomar conciencia de esto, cuando desde las altas instancias se apuntaba hacia el otro lado del Atlántico como el origen de las desdichas patrias (y esta vez no se trataba del hundimiento del Maine). Y la gente lo creyó, porque la gente los votó. Y la gente los votó, y ahora ya… no.
Pero, la culpa la siguen teniendo los demás… ¿no?
A juzgar por los movimientos ciudadanos, es tiempo de asociacionismo, de hacer piña. Pero creo que la frondosidad inicial de los árboles no les dejó ver el bosque y con el devenir de las horas, muchas de las motivaciones iniciales encontraron diSOLución. Se han ofuscado en los frutos, han aseverado que todos son iguales (e igual de amargos), desatendiendo al grueso de agricultores -entre quienes se encuentran- y atacando a las raíces. Cortar las raíces es una propuesta tan arriesgada como irreal, de cero calado entre el ciudadano común. Porque los cambios deben ser progresivos, controlados, incrementales y ahí es donde la poda, el saneamiento y el abono, habrían jugado un papel determinante.
Aun con todo, yo sigo creyendo en el poder de las pequeñas acciones, en el buen-hacer diario que, desde el anonimato y la satisfacción personal, encuentra reconocimiento. Porque los actos grandilocuentes apelan a las formas, y distraen la atención del fondo, evaden y en ese problema de dos, nos llevan a pensar que quien erró no fue uno mismo.