al inyector del cluster de regresión con el usuario por defecto, y ejecutó un sudo network restart. Sabía cómo detectar intentos de log fallidos (algo que no aplicaba esta vez), pero desconocía un comando que listara los últimos usuarios-IPs que habían iniciado sesión en el sistema. Busqué y encontré:
“Tal día como hoy” es una aplicación que instalé hace unos días en mi móvil. Básicamente presenta las efemérides del día y me ha llamado especialmente la atención la que a 30 de marzo reza:
Lo he descubierto a través de esta entrada de Kirainet, donde habla de “La importancia de ser diversos”. Hace escasas fechas escribía yo sobre un paradigma ligeramente diferente de la diversidad: la redundancia (intrapersonal, de la persona) como elemento indispensable para adptarse y “sobrevivir” dado el escenario marcadamente competitivo y cambiante en el que desarrollamos nuestras actividades, desde bien pequeños.
Pues bien, Adam Smith, economista y filósofo escocés del XVIII acuñó la metáfora de la Mano invisible. Con ella viene a decir que si un individuo persigue su propio interés personal, indirectamente redundará en el bienestar general de las sociedades a través de una Mano invisible. Esto explicaría la capacidad autoreguladora del libre mercado.
No sé si alguna vez esto ha tenido algo de verosimilitud, pero sin duda, el bienestar del “individuo” primer-mundo mantiene en la indigencia y la opresión a ese olvidado tercero. ¿Hablamos de la guerra en el Congo por el coltán de nuestros dispositivos electrónicos, del exterminio de pueblos indígenas como consecuencia del comercio (i)legal-corrupto de madera en el Amazonas? ¿Y las guerras movidas por el oro-negro y los diamantes?
Que para que unos tengan más, otros irremediablemente se ven obligados a quedarse con menos. Y ya sabemos que un fin positivo no legitima los medios para su consecución.
Le doy la vuelta a la tortilla y digo lo que ya ha pasado por vuestra cabeza: “si muchos individuos persiguen el interés general, indirectamente, una Mano Invisible potenciará su bienestar particular”. Yo creo en el poder de las pequeñas acciones, ¿y tú?
Figura elegante y sobrio en cualquier panorámica trastormesina; ha aguantado heladas, crecidas y el tránsito de carruajes varios desde inicios de siglo XX, pero parece que nuestros políticos se han olvidado de él.
Es el puente Enrique Estevan (sic), obra de Saturnino Zufiaurre, discípulo de Eiffel.
Comí a todo correr en un restaurante de comida rápida de la estación de Chamartín; tenía el estómago cerrado. Esperé al final de la canción para capturar el título-artista del tema (no tenía tiempo de sacar el móvil para usar music recognition). En sus pantallas, las imágenes del vídeo de Pink y como banda sonora, I don’t believe you.
No sé si es el mensaje que busca la canción en su totalidad, pero lo que me transmitió alguno de sus planos me lleva a escribir lo que sigue… En ocasiones nos miramos en los espejos que vamos encontrando; algunos reales, otros no irreales como tal, pero inmateriales (que la sed sea intangible, no quiere decir que no la sintamos). Y de estas “superficies reflectantes”, que frente a frente nos devuelven el brazo derecho como si fuera justo el izquierdo del yo que surge a su otro lado, intuimos cómo nos perciben los demás, con qué actitud afrontamos según qué situaciones complicadas, qué retrospección tenemos sobre todo aquello que somos… y a veces, ¡vaya! nos topamos con inconsistencias. Porque esas piedras de toque que deberían acreditar el oro que bajo varias capas de cebolla persiste, encuentran herrumbre y miseria humana.
Pink, engalanada, se pegaba al espejo, Pink contra Pink y lanzaba un emocionante I don’t believe you.
No hay nada como estar cabreado para que la inspiración haga acto irreverente de presencia. Sólo que estoy cabreado y ocupado…
Recuerdo vagamente que algún profe de lengua nos habló de un escritor, que le pedía a su ama de llaves que candara (¡qué palabra tan salmantina!) la puerta de su cuarto y que no la abriera por más que se lo suplicara. Eran frecuentes las veces en que llegada la hora de la comida, tras haber voceado a la doncella por no desbloquearle la salida, le agradecía haber podido después, componer una pieza más de su obra en curso.
Espero y deseo que esto que os he contado (mientras tomo un “sorbito” de oxígeno, nitrógeno y argón), sea extrapolable…
No es una idea mía, pero que suscribo en su totalidad. Porque caminar hacia la profesionalización supone dejar los “vicios” propios del pequeño negocio. La clave misma hacia el crecimiento y el éxito empresarial.
El ser humano no está preparado para la catástrofe y el imprevisto. ¿Cuántas veces ha sonado la alarma de vuestro centro de trabajo y nadie se ha movido?
Lo cierto es que el buenismo nos puede: al evaluar la viabilidad de un proyecto, su duración, o en algo tan sencillo como ponerse o no el cinturón de seguridad al volante, tendemos a pensar en la correcta marcha… hasta que la tozudez de la realidad acaba haciendo acto de presencia.
La redundancia (en todas sus facetas) está íntimamente relacionada con esto: en USA, la predisposición a cambiar de trabajo es mayor (sí, primero eres funcionario de policía, luego estudias Ingeniería informática y después… lo que venga. No me lo invento, en MxM un chico español contaba ésta, su experiencia personal en los Estados Unidos). Aquí, si ocupas la poltrona funcionarial, ¿pensarías en prepararte para un segundo trabajo…? Yo sí. Bueno, pero ¿a qué viene esto? Pues a una suerte distinta de redundancia: la que atañe a la infraestructura de red, y concretamente a la red de telecomunicaciones.
Ya tienen pensado qué hacer con tanta cabina en nuestras calles: puestos de recarga de vehículos eléctricos. Pues bien, esos mamotretos que hoy día sirven escasamente de soporte publicitario han dado respaldo a los fallos-congestión de la red móvil japonesa, durante las horas posteriores al terremoto.
Tiempo atrás lo decía, nos preparan para el éxito, no así para asumir los fracasos, dar un paso al frente y con perspectiva, aprender de ellos. Aprendamos, por tanto, para en el futuro lamentar menos.