Son para mí fundamentales. Llego ahora de comprar un jarabe y la chica, con amable sonrisa en la cara, me ha devuelto 10 céntimos frente a 8 que me correspondían. Era precisamente la primera vez que visitaba la farmacia, pues abajo tengo una, pero no será la última. ¡Y evidentemente!, los dos céntimos son lo menos noticiable, no así lo que detrás esconden: son las 19:15 de la tarde y, mientras algunos estarán hartos de todo un día de labor, ella me ha tratado como si fuera el primer cliente.
Hay pocas cosas que me pongan más nervioso que una persona superficial. Durante el encuentro del año pasado sobre Interioridad (El camino interior, un tesoro a encontrar), en el taller final -impartido con magistral batuta por un joven franciscano laico, profesor de religión- el vídeo que acompaña estas letras sugirió comentarios verdaderamente interesantes.
Si quieres ver el vídeo antes de seguir leyendo, es un buen momento. (No he encontrado uno con mejor calidad)
La interpretación de la metáfora que hizo Julia me pareció realmente bella: “No eres tú quien escoge la Varita, sino que es la Varita quien te escoge”. Además, resaltó la paciencia del primer guía, del Maestro experimentado ante los destrozos del mago en ciernes.
Por cierto, un librito (por su tamaño y formato) excepcional es El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher. No hace falta ni siquiera comprarlo, buscando en la Red, de seguro lo encontrarás. La primera vez que lo compré para regalarlo me sucedió algo curioso en El Corte Inglés de Princesa. Pensé que sería difícil de encontrar y, ¡todo lo contrario! Estaba en un expositor central bajo el cartel de “Best sellers” junto a títulos de renombre y grosor considerable. Cuando lo cogí una chica espontáneamente se dirigió a mí para decirme: “te va a gustar”.
Y nuevamente: hay cosas que mientras para algunos no tienen razón de ser, para otros, se explican fácilmente.
varias cosas, y no precisamente de orden menor. Ellos que han venido siendo tan solidarios, megáfonos del sentir popular, adalides de la clase obrera, ruido cuando el silencio más sibilino. Y sí, lo eché de menos, porque los únicos atisbos de crítica a la situación que ahoga -no a más de 5M de personas, porque me pierdo en las grandes cifras- a Luis, Mariángeles, Rocío y sus dos hijos, Rafael y Carmen… que son precisamente aquellos que con su bregar diario dan contenido a la intrahistoria, esos únicos atisbos vinieron de la voz de Andreu.
¡Ah! olvidé un detalle, y tampoco de orden menor: ellos ya habían cobrado las subvenciones… gracias a la contribución de los intrahistóricos.
Como nunca está de más hacer un poco de pedagogía gramatical, ahí va un mnemotécnico: “del verbo echar, lo primero que se echa es la hache”.
Cuando una persona que ansía ser el centro de atención no lo logra por sus contribuciones, su carisma o sus logros -porque carece de los tres- suele recurrir a la zafiedad, a la falta de respeto y al mal gusto.
En el informativo de mediodía de Telemadrid le hacían una entrevista a la dependienta de la ferretería más antigua de Madrid. La señora, de unos 70 años, daba algunas pinceladas sobre la historia y el por qué del éxito del establecimiento (su abuelo importaba herramientas y útiles, algo atípico para el momento). Y continuaba diciendo algo que me encantó (es difícil resumir la mercadotecnia tan bien y sobre todo, con tan pocas palabras):
Un dependiente primero vende amabilidad y después, el género.
Mucho antes de que IKEA fuera el referente del ahorro en mobiliario y menaje de hogar, los españoles nos las habíamos ingeniado para echarles una mano a las maltrechas economías domésticas. ¿Quién no tiene entre sus cristalería unos vasos de nocilla o de mahonesa? ¡Qué tiempos aquellos! Pero ya saben, reutilizar es de pobres; lo que hay que hacer es comprar, se necesite o no. Decían ayer en un programa “Perú es un mendigo, sentado en un banco de oro”. Pensaba yo, España debe ser un mendigo que se ha creído príncipe, sobre un banco de frágil ladrillo.